La gente no quiere leer, quiere haber leído
Una reflexión sobre la lectura lenta, la dificultad y el placer de apropiarse de lo que leemos en tiempos de metas, desafíos y consumo.
1.
Vivimos en un tiempo acelerado y obsesionado con la velocidad. Plataformas que nos prometen escuchar audiolibros y podcasts a velocidad aumentada. Series pensadas para ser maratoneadas. Contenidos diseñados para no detenernos nunca. Todo parece empujarnos hacia adelante, como si quedarse un poco atrás nos volviera torpes e improductivos.
En los medios y las redes sociales esa misma lógica se replica y amplifica. Se instala una narrativa donde la eficiencia y el rendimiento son valores incuestionables, celebrados a través de titulares que buscan tanto la admiración como la polémica. Como el influencer español que leyó 140 libros el año pasado y fue centro de elogios y ataques; el niño argentino que leyó 650 libros en ocho meses y se volvió noticia. No son casos aislados, sino síntomas de una época que mide todo en cifras.
Y es en relación a la lectura que quiero ahondar. En cómo una práctica que históricamente implicó demora, silencio y atención, se ha ido transformando en una competencia. Leer ya no aparece ligado al aprendizaje, a la experiencia o al placer, sino a la cantidad, a la meta cumplida. Se la presenta, además, como una actividad fácil, que no requiere esfuerzo, sin fricción ni entrenamiento, despojada de placer.
2.
¿Será que al morir alguien nos preguntará cuántos libros leímos en vida?
Me imagino llegando al más allá. Un guardia controla el acceso con una tablet en la mano. Me pide mi perfil en Goodreads para revisar cada uno de los challenges que registré, los que cumplí, los que no. Enseguida se da cuenta de un detalle significativo: año tras año fui marcando metas más bajas. Su cara de decepción me fuerza a dar una explicación. Entonces parto a contarle que en un momento de mi vida, decidí poner en practica la lectura lenta, restándole importancia a esa obligación autoimpuesta de leer la mayor cantidad de libros posibles solo para cumplir un desafío numérico. Incluso cito a Maria Teresa Andruetto para reforzar mi defensa: “saber leer no es terminar pronto, sino leer despacio”.
Puede que él no lo sepa pero así como Elizabeth Strout, yo también leo más despacio que antes porque quiero saborear cada palabra. Si hay algo que te regala esta practica es la atención a detalles que antes pasaban desapercibidos: la prosa, la sonoridad de las palabras, el ritmo de las frases, la experiencia lectora completa. No es solo lo que dice un libro, sino cómo lo dice. No es lo que pasa, sino la forma en que lo cuenta. Quiero captarlo todo y si es posible, también vivir dentro de él.
Y es que la literatura, como cualquier disciplina del conocimiento, requiere entrenamiento, aprendizajes y concentración. En ese sentido, el mejor ejemplo que se me viene a la mente es el de Yiyun Li, una lectora tan profundamente paciente, que es capaz de leer como quien practica el tai chi: con movimientos lentos y conscientes, sin apuro. Como ella misma ha contado, lo que busca es habitar un libro durante dos, tres semanas, todo lo que sea posible. Incluso cuando se trata de un libro muy cautivador, no se acelera y le dedica apenas media hora de lectura al día. Para Li, esta disciplina lectora es una habilidad tan fundamental que la enseña a sus alumnos de Escritura Creativa en la Universidad de Princeton: “no quiero que lean cien páginas por hora. Quiero que lean tres”.
Qué lejana queda esta forma de entender (y enseñar) la lectura como algo que se saborea, frente a una visión cada vez más popularizada en la que leer se asemeja más a comer comida fast food: fácil, rápido, sin demasiada gracia y con cero aporte nutricional. Sin duda, esa debe ser la apreciación de unos alumnos que se rebelaron contra un profesor que pretendía hacerlos leer un libro de 300 páginas. Ni siquiera se inmutaron al proponerle que en vez de eso, les preparara un resumen con los conceptos principales. Madres, padres y la propia dirección del colegio, respaldaron la idea y aconsejaron al profesor buscar una manera más flexible y no tan impopular de fomentar el espíritu critico y la comprensión lectora. Obligarlos se consideraría una imposición casi fascista y podría exponer a los y las adolescentes a una situación traumática.
3.
Para María Teresa Andruetto, referente en la formación de lectores, la lectura ocupa un lugar central en la vida de una persona e insiste en que no solo importa cómo se lee, sino también cómo se invita a otros a leer. Qué expectativas se construye, qué promesas se hacen, qué se oculta del esfuerzo que toda literatura profunda implica. Si en TikTok o Instagram abundan los discursos más centrados en el consumo de libros que en la práctica de la lectura, no es extraño que se genere ansiedad, sobre todo en lectores más jóvenes. Ansiedad por estar al día, por no quedarse afuera, el maldito FOMO, yo misma lo sufría hasta no hace mucho. En ese aspecto, creo que debería existir una mayor conciencia, y también responsabilidad, en los mensajes que se transmiten en esos canales.
La ansiedad es un sentimiento que impide descubrir el verdadero placer de apropiarse de un libro: las horas de desvelo, la lucha por entender, el momento en que algo finalmente se ilumina. Esa necesidad de satisfacción inmediata y la impaciencia frente a los placeres que requieren tiempo resultan antagónicas a la experiencia lectora. Quizás por eso me resuena tanto esa frase de Alejandro Dolina: la gente no quiere leer sino que quiere haber leído. Con cierta ironía distópica, el mismo Dolina imagina la creación de una pastilla que cualquiera pudiera comprar en la farmacia: no sería necesario darse el trabajo de leer, bastaría con tomarla y listo, darse por leído.
Y con esa última escena que con seguridad le arrancaría una sonrisa al guardia del más allá, voy cerrando esta defensa de la lectura, que ya es también un elogio a la lentitud y a la dificultad, recordando a Hermann Hesse, quien creía que la vida es demasiado breve para que, al morir, alguien nos pregunte cuántos libros leímos. Porque la lectura superficial y distraída, es como caminar por un paisaje con los ojos vendados. Leer no debería ser una acumulación de números en una red social, sino una forma de aprender a mirar con los ojos abiertos mientras aún estamos vivos.
Andy





Personalmente tuvieron que pasar años para darme cuenta de que esa idea de leer un libro a la semana no era para mí. Hay libros que incluso después de haberlos leído, apenas recuerdo. Los hauls de libros han hecho bastante daño.
No sé si es porque ahora leo con la intención no solo de disfrutar, sino también de aprender a escribir mejor, pero hoy me tomo todo el tiempo del mundo: leo, releo, subrayo, me detengo a buscar una información que me llama la atención en medio de la lectura… y no tengo prisa.
Ese instante sublime cuando lo leído despierta en ti la más profunda reflexión y te ves inmersa en un soliloquio mirando al vacío, es la magia pura de la lectura 🤍